La primera vez que vi un ferry me quedé asombrado por sus dimensiones. Recuerdo haber dicho a mis padres que parecía una casa enorme flotando sobre el agua. Aquella imagen se quedó conmigo, adherida a una idea de refugio, de tránsito a otro territorio, de promesas inocentes. Casi diecinueve años después, esa misma imagen regresa, pero ya no es inocente: la casa flota, sí, pero es una prisión. Lo que antes era asombro ahora es impotencia. La arquitectura se revela como dispositivo y la flotación como una forma de suspensión prolongada, de espera forzada.
Bibby Stockholm no es una distopía ni una escena de ficción. No proyecta un futuro, reactiva un pasado que nunca terminó de irse. Es la repetición de una conducta colonial que aprendió a adaptarse, a cambiar de forma sin perder su función. Bajo sus paredes ocurrieron y ocurrirán injusticias que el tiempo siempre destapa tarde, cuando ya han sido absorbidas por la normalidad, cuando el daño ha sido administrado y archivado. El barco aparece así como una solución técnica, neutral en apariencia, mientras reproduce una violencia estructural que se ejerce lejos de la mirada, flotando.
Aquí los cuerpos no llegan, son desplazados. Cuerpos mantenidos lejos de un suelo al que poder arraigarse, lejos de un adentro estable. Cuerpos desechados, cuerpos abandonados, cuerpos con frontera inscrita en la piel. Cuerpos atrapados en una lógica de tránsito permanente, suspendidos entre un antes y un después que nunca termina de llegar. Se vuelven disponibles, legibles, potencialmente explotables según los delirios y las urgencias de un mercado capitalista que necesita cuerpos móviles, frágiles, intercambiables.
El lenguaje sostiene esta maquinaria. Traduce vidas en categorías, convierte la experiencia en trámite, la biografía en expediente. Los cuerpos pasan a formar parte de la transacción y los derechos humanos quedan desplazados, empujados fuera del marco, arrojados a las periferias de lo que se nombra como civilización. El rastro neocolonial persiste, no como ruina sino como estructura activa, oxidándose lentamente sobre el agua. El barco flota, pero no se mueve, y en esa inmovilidad forzada se condensa una violencia que no necesita hundirse para seguir operando.
Bibby Stockholm, 2024
Montaje fotográfico a partir de los planos originales de la barcaza Bibby Stockholm, impreso sobre hoja de libro antiguo.
Esta obra ha sido expuesta en la Berry Campbell Gallery en Nueva York en el 2024